La Templanza

 

Virtud que establece el "orden en el interior del hombre".

 

- ¡Chiquitines! – Les dijo la maestra titular a sus pequeños alumnos de jardín de niños -  en este momento sus maestras les están poniendo en sus platitos frente a ustedes una galletita de las que tanto les gustan, es para que se la coman y la disfruten en el momento que ustedes quieran pero, antes de que lo hagan quiero ofrecerles algo y hacer un trato con ustedes, voy a salir 10 minutos del salón, cuando regrese voy a fijarme en sus platitos y en aquellos que encuentre la primer galleta que les pusimos porque decidieron esperar sin comérsela voy a ponerle otra galleta mas,  entonces podrá disfrutar de las dos.  El que decida no esperar y se coma la primera no recibirá esta segunda galleta como premio.  Sepan que cualquier decisión que tomen estará bien y tendrá contentas a sus maestras.  Lo anterior fue parte de un estudio que hicieron alumnos de la Universidad de Stanford, en California hace algunos años como parte de un análisis de campo en varios Jardines de Niños de la región con el objeto de estudiar la forma en que el ejercicio de la voluntad y de las virtudes humanas impactan nuestra vida.  Dicho estudio fue abandonado a los pocos meses de iniciado pero, fue capaz de llamar la atención de otro grupo de la misma universidad que 30 años después lo encontrara en la biblioteca y optara, quizá por curiosidad, por darle seguimiento.  Decidieron buscar a los pequeños niños ahora seguramente convertidos en hombres y mujeres mayores para determinar si existía  algún dato interesante que valiese la pena estudiar.  Después de una ardua labor por encontrar a los participantes, el resultado fue sorprendente y contundente:  Ocurre que en un gran porcentaje, aquellas personas que de niños esperaron la segunda galleta son gente notablemente más exitosa en el campo de la salud, el trabajo y la familia que aquellos que no esperaron y comieron su galleta 30 años antes.  Concluyeron entonces que aquellas personas que fortalecen la voluntad desde temprana edad y están dispuestos a sacrificar un gusto o beneficio inmediato en aras de conseguir en el futuro un bien mayor, encuentran en la vida oportunidades y éxitos mayores y sobre todo, más armónicos.  No se trata de afirmar que aquellos que se comieron la galleta desde el principio y hace 30 años condenaran su vida entera sino de entender que la educación y la práctica de las virtudes comienza desde muy temprana edad y marca, en la mayoría de los casos, un rumbo particular en el hombre determinando, de alguna manera, su futuro.

 

Bueno pues, así funciona la Templanza, esta virtud no tan conocida por todos bajo este nombre nos presenta de manera constante y a lo largo de toda la vida la posibilidad de dirigir nuestras acciones y pensamientos de manera armoniosa.   En un artículo de la Universidad de Navarra se afirma que “La Templanza no es sinónimo de represión, sino de moderación, lo cual significa afirmación positiva de la integridad personal. Se aplica a las situaciones en las que los apetitos o los deseos desmedidos pueden truncar dicha integridad; esto es, cuando causan un desorden que descabala la conducta o desvía a la voluntad de su propio y recto fin.”  El sentido pleno y originario de la templanza es constituir un todo armónico en un conjunto de elementos dispares. Así, el director de orquesta debe armonizar los diversos instrumentos y sus distintas sonoridades.   El moderado, el que tiene la virtud de la templanza, es el que sabe afrontar la realidad con serenidad, pues se gobierna serenamente a sí mismo. También en palabras de Pieper, la templanza es la virtud que establece el "orden en el interior del hombre".

 

La Templanza - por definición - modera la atracción hacia los placeres sensibles y procura la moderación en el uso de los bienes creados.  Al respecto, Juan Pablo II, hombre armonioso y celoso guardián de los valores humanos reflexiono sobre el tema afirmando que “Cuando hablamos de las virtudes -no sólo de estas cardinales, sino de todas o de cualquiera de las virtudes-, debemos tener siempre ante los ojos al hombre real, al hombre concreto. La virtud no es algo abstracto, distanciado de la vida, sino que, por el contrario, tiene "raíces" profundas en la vida misma, brota de ella y la configura. La virtud incide en la vida del hombre, en sus acciones y en su comportamiento.

 

Decimos que es moderado el que no abusa de la comida, de la bebida o de los placeres; el que no toma bebidas alcohólicas inmoderadamente, no enajena la propia conciencia por el uso de estupefacientes, etc.   La virtud de la templanza garantiza a cada hombre el dominio de si mismo. ¿Supone acaso dicha virtud humillación de nuestro cuerpo? ¿O quizá va en menoscabo del mismo? Al contrario, este dominio da mayor valor al cuerpo. La virtud de la templanza hace que el cuerpo y nuestros sentidos encuentren el puesto exacto que les corresponde en nuestro ser humano.  El hombre moderado es el que es dueño de sí. Aquel en el que las pasiones no predominan sobre la razón, la voluntad e incluso el "corazón". ¡El hombre que sabe dominarse a sí mismo! Si esto es así, nos damos cuenta fácilmente del valor tan fundamental y radical que tiene la virtud de la templanza.  A esta virtud se la llama también "sobriedad". ¡Es verdaderamente acertado que sea así! Pues, en efecto, para poder dominar las propias pasiones, no debemos ir más allá del límite justo en relación con nosotros mismos y nuestro "yo inferior".  Si no respetamos este justo límite, no seremos capaces de dominarnos.  Esto no quiere decir que el hombre virtuoso, sobrio, no pueda ser "espontáneo", ni pueda gozar, ni pueda llorar, ni pueda expresar los propios sentimientos; es decir, no significa que deba hacerse insensible, "indiferente", como si fuera de hielo o de piedra. ¡No! ¡De ninguna manera!

 

Bien, pues es así que diversos pensadores coinciden en que todo exceso: en la comida, en la bebida, en la palabra, en cualquiera de las circunstancias de la existencia, acarrea consecuencias desagradables. En muchos casos, es causa de errores irreparables; en otros, de molestias que pudieron evitarse. En todo caso, alcanzar el justo medio, propósito de la templanza, constituye una garantía para llevar una vida plena.  El valor de la templanza no es únicamente una práctica que pueda entenderse desde el ámbito moral: en la vida comunitaria, la templanza y el temple de ánimo perfilan los líderes que puedan conducir a las comunidades a alcanzar sus propósitos. Un líder desbocado, carente de moderación puede provocar graves dificultades, pues exalta y desborda, a la vez, la conducta de los liderados. Por eso, si es importante la templanza en la vida individual, lo es más aún, en la vida comunitaria.   Los excesos, en cualquier sentido, obscurecen la conciencia y nublan la razón. No se puede olvidar que el ser humano es responsable justamente porque está dotado de la capacidad de decidir. Si no hay claridad en los razonamientos las decisiones pueden ser equivocadas y de consecuencias funestas.

 

Fernández Burillo lo expresa así: “Lo virtuoso de la templanza no es el mero no desear placeres o privarse de gozar sensaciones, novedades, etc., sino adecuar los deseos y su satisfacción al objeto que les corresponde por naturaleza y la razón aprueba, es decir, a la realidad. La castidad no es virtud porque niegue el placer (no lo niega), sino porque ordena los deseos sensibles y afectivos (cuerpo y corazón) a su objeto propio que es la intimidad conyugal, para el amor y la fidelidad, y porque el matrimonio es ingrediente esencial de la felicidad personal, familiar y social. Lo mismo hay que decir de la humildad: no se limita a negar las pretensiones de éxito y autoafirmación, sino que mira al conocimiento y aceptación de la propia realidad, se trata de amarse uno a sí mismo rectamente, aceptando lo que es, en sus límites.

 

Santo Tomás hace mucho hincapié en diversos momentos, en que la templanza no rige solamente a la alimentación, sino que “tiene por objeto principal las pasiones que atienden a los bienes sensibles, tanto los placeres como los deseos; pero al mismo tiempo, como objeto secundario, las tristezas provocadas por la ausencia de esos placeres.

 

La virtud de la templanza representa el término medio entre el desenfreno (por exceso) y la insensibilidad (por defecto). El desenfrenado es aquel que cae en todos los excesos posibles; mientras que el insensible es aquel que es incapaz de cualquier deseo.

 

- ¡Hola papi, ya vi que estas escribiendo otro articulo y que es sobre la virtud de la Templanza, ¿Cómo es eso?!

- Hola Hijita, esperaba que te despertaras para platicártelo. Te lo voy a explicar con una historia que escuché.

“Una hija se quejaba con su padre acerca de su vida y de como las cosas le resultaban tan difíciles.  No sabía como hacer para seguir adelante y creía que se daría por vencida.  Estaba cansada de luchar, pues parecía que cuando solucionaba un problema, aparecía otro, y otro.......   Su padre, un chef de cocina, pensó un momento y le dijo a su hija que lo siguiera,  y la llevo a su lugar de trabajo.  Allí lleno tres ollas con agua y las coloco sobre el fuego fuerte, pronto el agua de las tres ollas estaba hirviendo.  En una coloco zanahorias, en otra coloco huevos y en la última coloco granos de café.  Las dejo hervir sin decir palabra.  La hija sorprendida y sin entender muy bien la actitud de su padre, después de contarle su problema,  espero impacientemente, preguntándose que estaría haciendo él.  A los veinte minutos el padre apago el fuego, saco las zanahorias y las coloco en un tazón, saco también los huevos y los coloco en otro plato.  Finalmente, coló el café y lo puso en un tercer recipiente y  mirando a su hija le dijo:  " Hijita, que ves? " Ella respondió: " zanahoria, huevos y café”. 

La hizo acercarse y le pidió que tocara las zanahorias. Ella lo hizo y noto que estaban blandas.  Luego le pidió que tomara un huevo y lo rompiera.  Después de sacarle la cáscara, observo que el huevo estaba duro.  Finalmente le pidió que probara el café y ella sonrió mientras disfrutaba su rico aroma. 

Humildemente la hija pregunto: "¿que significa esto, padre?"  El le explico que los tres elementos habían enfrentado la misma adversidad: agua hirviendo, pero habían reaccionado en forma diferente.  La zanahoria llegó fuerte y dura, pero después de pasar por el agua hirviendo se había vuelto débil, fácil de deshacer.  El huevo había llegado al agua frágil, su cáscara fina protegía su interior líquido, pero después de estar en agua hirviendo, su interior se había endurecido.  Los granos de café sin embargo eran únicos, después de estar en agua hirviendo, habían cambiado el agua.  ¿Cual eres tú? , le pregunto a su hija.  Cuando la adversidad llama a tu puerta, ¿como respondes?, ¿Eres una zanahoria que parece fuerte pero que cuando la adversidad y el dolor te tocan, te vuelves débil y pierdes tu fortaleza?, ¿Eres un huevo, que comienza con un corazón maleable, posees un espíritu fluido, pero después de una muerte, una separación o un despido te has vuelto duro y rígido?  Por fuera te ves igual pero ¿eres por dentro áspero, con un espíritu y un corazón endurecido?

O bien ¿Eres como un grano de café? , el café cambia el agua hirviendo, el elemento que le causa dolor.  Cuando el agua llega al punto de ebullición, el café alcanza su mejor sabor.  Si eres como el grano de café, cuando las cosas se ponen peor, tu reaccionas mejor y haces que las cosas a tu alrededor mejoren. “

 

Como puedes ver Regina, y como ya lo hemos platicado hijita, nos queda mucho por aprender juntos.  No pretendo que entiendas con palabras lo que te he dicho todos estos meses  y menos cuando acabas de cumplir tan solo 9 meses de edad en que ni me has preguntado con palabras los preguntas que he querido ver en tus ojos.  Por eso, con el  “Ejemplo” es que buscaré siempre educarte  y con mucho, mucho amor me encargare de que algunas veces tengas “un poco de hambre y un poco de frío” que fortalezcan tu espíritu y te ayuden a encontrar siempre dentro de ti, lo mejor de ti. 

                                                                        Manuel Cadena Cruz