La
objetividad
La objetividad no es un juez que condena,
es más bien un
amigo que te ayuda a descubrir la verdad con claridad.
Imaginemos una reunión de amigos, en donde salió a la conversación
el famoso y trillado tema del aborto. La discusión los involucró cada vez más a
todos. Hubo todo tipo de argumentos y posiciones encontradas: por un lado, el
que decía que el aborto es un derecho de la mujer sobre su cuerpo; otros
opinaron que la pobreza en el país es tan dramática, que había que practicar el
aborto en zonas marginadas para que no vinieran más niños al mundo a sufrir;
unos más argumentaban que el feto no es una persona, sino sólo un conjunto de
células; y no faltó el que alegó que desde el momento de la concepción el feto
posee toda la información genética propia de un ser humano, y que por tanto
tiene derecho a vivir. Posiciones con las que seguramente, nos hemos encontrado
todos algún día. Y así, en un momento de mayor acaloramiento en la discusión,
hubo uno que creyéndose un poco más listo que los demás -y por supuesto más
“moderno”-, les dijo a todos lo siguiente: Pero... ¿por qué discutir?, Karla
tiene su propia verdad sobre el aborto y Pedro la suya; lo más
importante en esta vida es ser “tolerante”,
porque la verdad es “relativa”.
Y con esto pretendió dar fin a la conversación... Paradójicamente, este “moderno” amigo, tratando
de mostrar una actitud abierta, plural y moderna, no hizo sino afirmar un
criterio que planteaba como absoluto y no discutible. Al decir que “la verdad es relativa”, ofrecía una “verdad” que nadie podía relativizar
ni refutar. ¹
Resulta que dicha actitud “moderna” de esta persona ante la verdad, no es tan “moderna”,
muestra sus raíces en el siglo V a.c., cuando Protágoras postulaba la siguiente
tesis: “El hombre es la medida de
todas las cosas...”, y con ello dio inicio al relativismo intelectual en
donde no son las cosas -la realidad-, la que posee su propia “medida”, su propio ser; sino que es
el hombre el que determina dicha medida y verdad. Por tanto, para que el conocimiento
del hombre sea verdadero –según Protágoras-, éste no debe someterse a la
realidad, al ser y “medida” de
cada cosa, sino que es el intelecto del hombre el que determinará la medida
para cada ser. ¹
Pues bien, a esta
tesis de Protágoras “el hombre es la
medida de todas las cosas...”, responde Platón a manera de crítica: “si el hombre es la medida de todas las
cosas, en consecuencia, como a mí me parezca que son las cosas, tales serán
para mí, y como a ti te parece que son las cosas, tales son para ti”; de
tal modo que, si a Toño le parece que tirarse de un edificio de 20 pisos es
sumamente peligroso y seguramente mortal y a Pepe le parece que no es peligroso,
entonces debiésemos considerar ambas afirmaciones correctas y esperar las
consecuencias de cada creencia. De igual manera, si a Juan le parece que todos
los hombres necesitan respirar para vivir, y a Pedro le parece que no es
necesario que el hombre respire para que pueda vivir, en efecto, cada uno tendrá una percepción y una “medida” diversa de la realidad, pero también unas consecuencias
diferentes. La pregunta es si la percepción de Pedro ¿cambiará en algo el hecho
real de que el ser humano, “todo ser
humano”, necesite de respirar para mantenerse vivo?, Y más aun, ¿qué
consecuencias concretas ocurrirían si Pedro y Pepe fueran coherentes con su
percepción y “medida”? ¹
Esta idea que es
común tanto para Protágoras como para los relativistas modernos en donde “el conocimiento es algo del sujeto, algo
que se da en su mente, por lo que el hombre puede crearlo y presentarlo como
mejor le acomode; es cuestión de habilidad”. Pierde entonces la
dimensión objetiva, trascendente y universal de la verdad, al pretender que el
hombre sea medida de la misma. No hay entonces criterio alguno de verdad, la
medida será arbitraria y, al depender del hombre, de cada sujeto, habrá una
pluralidad de verdades tan infinita como la pluralidad de hombres existentes como
ocurrió en la discusión respecto al aborto. ¹
En contraposición
a lo anterior, Santo Tomás de Aquino pone hincapié en que la objetividad de la
verdad sólo puede fundamentarse en la cosa, en la realidad misma. De tal manera
que afirma que si la verdad es la adecuación de la inteligencia con la
realidad, “resulta entonces que la
cosa misma es la medida de nuestro entendimiento. En conclusión
decimos que, efectivamente sí hay un parámetro o criterio objetivo de
verdad, y que éste hace referencia a la naturaleza misma de las cosas, a lo que
las cosas son, y no a lo que arbitrariamente pretende cada hombre que sean. ¹
Pensemos y
reflexionemos por unos minutos sobre nuestra realidad más cotidiana... ¿No es
verdad que la mayoría de las veces en que negamos la verdad de un criterio
moral, es en el fondo porque buscamos justificar una conducta inmoral? Si negamos
que la verdad es universal y tiene como fundamento la naturaleza de cada ser,
nos podemos preguntar: ¿dónde se fundamentan y encuentran su cimiento los
derechos humanos, esos derechos universales y válidos para todos los
hombres...? El hombre, buscando ser “la medida de todas las cosas”,
pretende ser el árbitro y medida incluso de los derechos humanos, esos derechos
inalienables que nos corresponden a todos los hombres por el simple hecho de
serlo. Tal es el caso de la negación del primer y fundamental derecho: el
derecho a la vida. ¿Por qué hemos cuestionado este derecho? ¿Por qué en tantas
legislaciones observamos que el derecho a la vida ha quedado desprotegido,
despenalizando el aborto o la eutanasia? ¿Por qué buscamos tantos argumentos
falsos que justifiquen quitarle la vida a otro? Hemos permitido que “el hombre sea la medida de todas las
cosas...”, incluso de los demás hombres. Un grupo de personas deciden y
pactan en una legislación que los niños que tienen alguna malformación genética
“No tienen derecho a vivir”,
¿acaso no es éste el mismo crimen que cometió Hitler al determinar y decidir
que los judíos no tenían derecho a vivir? En ambos casos, el o los hombres han
pretendido ser “
Las normas éticas no son producto de condicionamientos sociales o culturales,
tampoco son el resultado de la llamada “evolución
histórica”, y mucho menos de una suma de voluntades o de una única
voluntad caprichosa. O las normas éticas se fundamentan en la naturaleza
humana, en lo que es el hombre, en la dignidad que tiene por sí mismo, en su
finalidad intrínseca –ser feliz y trascender-, o no tienen fundamento alguno. “El
hombre no es feliz siguiendo caprichosamente su propio placer e imponiendo su
propia y egoísta medida a las cosas; no es feliz con una actitud relativa ante
el mundo, los demás y él mismo. La experiencia y la vida diaria nos indican que
el hombre sólo es feliz cuando conoce la verdad y actúa en consecuencia, cuando
busca y se compromete con el auténtico bien, cuando se dirige al fin al que por
naturaleza tiende”. ¹
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El
famoso refrán "El Fin Justifica los Medios", tiene una interpretación
interesante en la siguiente frase: "La objetividad de los hechos y las
acciones tomadas para obtenerlos depende completamente de los valores que
sustentan la legitimidad de lo que se desea obtener". Si en las causas,
por muy justas o lógicas que estas parezcan, no están sustentadas en valores
reales, verdaderos; cualquier decisión, acción y consecuencia de estas, podrá
ser interpretada bien como objetiva o subjetiva según sea el caso.²
Concluyendo: “El fin” NO “justifica
los medios”, eso es relativismo y desde hace 25 siglos, por lo menos, que
cargamos con las consecuencias de este pensamiento traicionero. Afortunadamente siempre permanece presente
aquello que quizá sea uno de los más importante de nuestros dones, el libre
albedrío, “la posibilidad de decidir”. Ni hablar, la responsabilidad sigue
siendo ¡nuestra!, afortunadamente.
¹Análisis y Considerables
extractos del articulo “La verdad en el relativismo” escrito por Maribel Germán
y publicado en Internet,
²Webnostic