La educación de la prudencia

 

Di lo que “sabes” siempre y cuando sea el momento oportuno y este guiado por el amor.

 

¡Regina!, ven chiquita, necesito platicarte lo que estoy escribiendo.  Y es que hacerlo frente a ti, me compromete a buscar ser coherente con lo que escribo, digo y hago y me motiva a practicarlo.

 

El hecho de conocer la verdad no nos da derecho a utilizarla para cualquier fin.  Habrá múltiples situaciones en la vida en las que, guiados por la prudencia, la acción mas adecuada a seguir sea “no decir dicha verdad, tampoco negarla pero no por ella expresarla así nomás” y esto que se dice aquí tiene el peligrosísimo riesgo de quien quiera tomarlo a conveniencia de solapar un relativismo inconsciente. Ahora trataré de explicarme con más profundidad.  Imaginemos que estamos esperando un taxi fuera de un restaurante y al igual que nosotros hay otra persona esperando también un taxi y resulta evidente que esa otra persona pesa quizá más de 150kg y su figura es la de un individuo totalmente obeso.  Bueno pues, aun cuando la prudencia  se logra a través de conocer la verdad y reflexionar sobre ella para tomar decisiones, pensemos honestamente si realmente es necesario acercarnos a esa persona y decirle que esta muy gordo y que tiene un sobrepeso terrible.  Si lo hiciéramos no estaríamos diciendo ninguna mentira pero estaríamos siendo totalmente imprudentes porque nuestro acto de decírselo no parece estar motivado en el amor ni persigue un objetivo noble. Por situaciones como esta podemos reiterar que “el hecho de conocer la verdad no nos da el derecho a utilizarla para cualquier fin”.

 

David Isaacs asegura que: “La Virtud de la prudencia es la que facilita una reflexión adecuada antes de enjuiciar cada situación y, en consecuencia, tomar una decisión acertada de acuerdo a los criterios rectos y verdaderos.”

 

Santo Tomás ha llamado a la prudencia genitrix virtutum, que significa “madre de las virtudes.”

 

Y San Bernardo ha llamado a la prudencia auriga vitutum, “conductora de todos los hábitos buenos” expresado así por Escrivá de Balaguer.

 

Como bien lo expresa Isaacs, es evidente que esta virtud no es una tendencia a no comprometerse por si acaso el asunto sale mal, aunque haya personas que no se plantean ningún tipo de finalidad en sus vidas y pasan su tiempo y gastan sus esfuerzos «protegiéndose» de la responsabilidad de asumir su propio ser.   La negligencia y la imprudencia son vicios en contra de la virtud de la prudencia.

 

Para Pieper la virtud de la prudencia es cognoscitiva e imperativa.  Aprehende la realidad para luego, a su vez, “ordenar” el querer y el obrar.

 

Realmente, sólo hay un motivo para ser prudente: el deseo de hacer coincidir las decisiones que tomamos y la actuación correspondiente con el fin deseado.  La virtud de la prudencia necesita de un cierto desarrollo intelectual.  Se trata de discernir, de tener criterios, de enjuiciar y decidir.

 

Para conocer la realidad, en primer lugar hará falta querer conocerla y reconocer que no se está en posesión de toda la verdad.  La persona autosuficiente y soberbia puede considerar su propia capacidad de conocer la verdad tan superior que no necesita poner en duda sus propias apreciaciones iniciales ni intentar corroborar la información que puede tener.  La actitud que buscamos es aquella que, sin desestimar el valor de la propia apreciación, la persona reconoce sus limitaciones e intenta apreciar objetivamente los datos que posee.

 

Pieper dice: prudente puede ser solo aquel que antes y a la par ama y quiere el bien, mas sólo aquel que de antemano es ya prudente puede ejecutar el bien.  Pero como, a la vez, el amor del bien crece gracias a la acción, los fundamentos de la prudencia ganan en solidez u hondura cuando mas fecunda es ella.

 

Podria pensarse que el hombre prudente es el que nunca se equivoca, porque nunca toma una decisión. Eso es falso.  El prudente es el que sabe rectificar sus errores.  Escrivá de Balaguer lo explica así: “Es prudente porque prefiere no acertar veinte veces, antes que dejarse llevar por un cómodo abstencionismo.  No obra con alocada precipitación o con absurda temeridad, pero asume el riesgo de sus decisiones, y no renuncia a conseguir el bien por miedo a no acertar”

 

Termino esta reflexión con una pequeña historia:

 

Una mujer de edad avanzada y con el gran vicio de las apuestas se encuentra de viaje en un crucero con su esposo, su adición por el juego la mantiene por horas en las mesas del casino.  Su esposo vencido por el sueño decide irse a dormir mientras que la mujer sigue apostando hasta el grado de poner en juego su anillo de compromiso que la había acompañado por mas de 48 años y que además costo mucho dinero por la pureza de su diamante.  Poco después, cuando se le acabó el dinero para seguir jugando la dama pierde su anillo  en una apuesta por la quinta parte del supuesto valor del mismo.  Apenada cuenta al día siguiente a su marido lo ocurrido la noche anterior.  El esposo desconcertado pide a su mujer que lo acompañe pues decide enfrentar educadamente al apostador ganador de la noche anterior explicándole que aquel anillo vale económicamente 5 veces mas que lo que él cree, además del gran valor estimativo que éste tiene para el matrimonio.  Juntos llegan a su encuentro y después de explicarle lo anterior le pide por favor se lo devuelva.  Cuando el amable esposo le hace esta observación a aquel hombre, éste se extraña y con gran seguridad le dice “amable señor, no dudo que este anillo tenga un gran valor estimativo para ustedes pero su valor económico le aseguro es de cuando mucho 1,000 dólares y no de 5,000 como usted dice, soy un experto en joyas y…” interrumpido por una corazonada vio a los ojos a la mujer apostadora y encontró en ellos una terrible angustia que le contaban una historia diferente y de pronto continuo diciendo: “pero permítame revisarlo nuevamente…” tomó el anillo en sus manos y dijo amablemente: “Tiene razón buen hombre, disculpe mi torpeza, este anillo seguramente vale lo que usted dice y no los 1,000 dólares que perdió ayer la dama contra mi, le pido me disculpe y reciba el anillo de regreso”.  El señor le agradeció su generosidad y se retiró con su esposa.  Horas después el apostador ganador de la noche anterior recibió una carta en su habitación que decía “Agradezco mucho su caballerosidad y su nobleza, reciba usted mi más grande admiración, es usted un hombre bueno, gracias nuevamente”.  La historia que había en los ojos angustiados de esta mujer apostadora es que hacia mas de 10 años que había perdido en una apuesta el anillo original y por pena con su esposo se había mandado hacer una replica que ciertamente valía la quinta parte que el original.  Aquel hombre se comportó como todo un caballero y lo logró porque decidió actuar con prudencia.

 

Manuel Cadena Cruz

 

 

* Algunos extractos de: La educación de las Virtudes Humanas – David Isaacs